Ayer, 4 de julio, arrancó una nueva edición del Tour de Francia. Miles de espectadores se agolparon en las carreteras para ver pasar, durante apenas unos segundos, a un grupo de ciclistas que llevan semanas —meses, en realidad, si contamos la preparación— entregados a un mismo objetivo: llegar a París. Y mientras el pelotón devoraba los primeros kilómetros de esta edición, en algún punto de España otro grupo de personas, mucho menos numeroso y mucho menos fotografiado, avanzaba a pie por el Camino de Santiago. Dos ritmos distintos. Una misma pregunta de fondo: ¿qué nos empuja a seguir cuando el cuerpo ya pide detenerse?
🚵 Un pelotón y una fila de peregrinos
El Tour de Francia y el Camino de Santiago no podrían parecer más distintos. Uno se mide en velocidad, cronómetros y etapas de montaña que se despachan en un puñado de horas. El otro se mide en pasos, ampollas y jornadas que se estiran durante semanas. Uno tiene un pelotón que grita, empuja y negocia posiciones. El otro, casi siempre, se camina en silencio.
Y sin embargo, quien haya subido un puerto de montaña en bicicleta o quien haya cruzado el Cebreiro con la mochila al hombro reconoce la misma sensación: ese punto exacto en el que la mente empieza a discutir con el cuerpo, y solo una cosa —llamémosla disciplina, llamémosla fe— decide quién gana esa discusión.
⛰️ La etapa que nadie ve
Se habla mucho de las etapas de montaña, de los esprints finales, de los ciclistas que levantan los brazos al cruzar la meta. Pero la etapa decisiva casi nunca es la que se televisa. Es la de las cuatro de la madrugada, la de los kilómetros de entrenamiento que nadie aplaude, la de la duda que aparece a solas y que hay que resolver sin público.
Con el peregrino ocurre exactamente lo mismo. Nadie ve el día en que decide levantarse aunque le duelan los pies. Nadie fotografía la mañana en la que, sin ganas, ata las botas y sale de todos modos. Esa es la verdadera etapa: la que se corre —o se camina— por dentro.
🙏 Pedalear también puede ser orar
Hay ciclistas que hablan de la carretera como de un lugar de silencio interior, un espacio donde el ruido del mundo desaparece y solo queda el sonido de la respiración y de las ruedas sobre el asfalto. No es tan distinto de lo que cuentan los peregrinos sobre el Camino: que después de varios días, el paisaje deja de ser lo importante y lo que empieza a hablar es el interior.
Quizás por eso este Tour de Francia, que arrancó justo cuando muchos peregrinos ya llevan semanas de ruta hacia Santiago, es una buena excusa para recordar algo sencillo: no hace falta una bicicleta de competición ni una concha de vieira colgando de la mochila para vivir como peregrinos. Basta con entender que cada camino —físico o interior— tiene sus propias subidas, y que la fe no siempre se anuncia con banderas; a veces solo pedalea, en silencio, cuesta arriba.
💬 Una reflexión para hoy
Si hoy sientes que tu propia «etapa» se hace cuesta arriba, recuerda que nadie llega a París —ni a Santiago— sin antes atravesar el tramo que nadie ve. Esa parte también cuenta. Esa parte, de hecho, es la que más cuenta.
«El que persevera hasta el final, ese será salvo.» — Mateo 24:13


